Alicia, de actualmente 7 años de edad, tuvo lo que creíamos pequeños problemas de visión. Padece Síndrome de Brown, que es un problema muscular que le impide mover los músculos de uno de sus ojos a la izquierda; es decir, para ver por ese lado, tiene que girar el cuello. Cuando además, a los 5 años, le detectaron un poco de hipermetropía, empezamos a plantearnos la posibilidad de hacerle una revisión más a fondo.

Como suele pasar en estos casos, la información nos llegó con el boca a boca: una amiga de su madre le habló de Visualia, había llevado a su hijo allí y el resultado había sido muy bueno. De manera que acudimos a una primera revisión, pensando que se centraría casi todo en esos dos problemas conocidos. Pero lo cierto es que no esperábamos un resultado tan malo como el que nos dieron las pruebas, ya que sus problemas eran mayores a la hora de, por ejemplo, enfocar la vista, mover los ojos con rapidez, coordinar el movimiento de los ojos con el resto del cuerpo, etc.

Así que, una vez pasado el susto inicial, comenzamos con el tratamiento.

Más allá de los meros ejercicios relativos a la visión de la niña, se podría decir que el tratamiento fue todo una carrera de obstáculos, una carrera en la que la voluntad de hacer las cosas bien por parte de todos logró, sin duda, el éxito final. Comenzando por la distancia (literalmente atravesar la ciudad de una punta a otra) y siguiendo por unos horarios de locura para los adultos (yo trabajo en otra ciudad y la madre de la niña viaja mucho) que hicieron que como se suele decir, llegásemos siempre con la lengua fuera.

Lejos de suponer un problema para el centro, precisamente fueron ellos quienes trataron de amoldarse a nuestras circunstancias, y no al revés. Gracias a esa buena voluntad se pudieron ir deshaciendo los problemas a medida que iban surgiendo. Desde el centro nos retrasaron la hora de comienzo de las clases para facilitarnos la asistencia, e incluso, algunos días nos esperaban aún más tiempo debido a que era casi imposible llegar a la hora convenida. A mitad de tratamiento más o menos, la familia se vio sorprendida por un fallecimiento inesperado, con todo lo que eso afectó tanto a la niña como a los adultos, y muchas veces los ejercicios a realizar en casa no se hacían.

En esa parte es donde las profesionales de Visualia mostraron no solo una más que elevada dosis de paciencia sino también una gran flexibilidad a la hora de adaptarse a las circunstancias de la niña. Eso que tantas veces nos han vendido de “orientados al cliente” o “trato personalizado”, en este caso sí fue real. Y además de real, excelente. Y desde el primer minuto hasta el último.

Los resultados de los ejercicios y del tratamiento en sí pronto se hicieron visibles. Es cierto que, como buen niño con cierta picardía, la niña pretendía hacer menos, o los más fáciles, o limitarse a jugar, o alegaba estar cansada, pero la mejoría fue constante. Además, era una mejoría que podías ver en su día a día: se caía y tropezaba menos, tardaba menos en enfocar la vista cuando cambiaba de objetivo, leía más fluidamente… Desde el primer día iba contenta, con lo que nos hacía ver que no solo trabajaba sino que además, lo hacía en un entorno agradable y en el que le apetecía estar, cosa que también pudimos comprobar con el trato que le dispensaban a su hermana cuando íbamos a buscarla.